El 2 de octubre no solo es un día de conmemoración a los estudiantes que fueron cruelmente masacrados en Tlatelolco por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, también se ha convertido en símbolo de resistencia y lucha estudiantil. Dentro de los planteles académicos hay un tipo de estudiante que destaca por su ferviente espíritu de justicia, el estudiante conciente, este es capaz de realizar mítines para expresar inconformidades, se destaca por su labor comunitaria y por acompañar las luchas y movimientos sociales.
Estos estudiantes han fungido como un pilar importante de la lucha social en toda América Latina a lo largo de los años, siempre se han encontrado del lado de los pueblos. El inmenso espíritu revolucionario y sus fuertes valores humanistas han conseguido retratarlos en la historia. En la masacre de El Charco, donde militares, a sangre fría, asesinaron a 11 campesinos na savi, creyendo que eran guerrilleros, entre esas personas se encontraba Ricardo Zavala, un estudiante universitario de la UNAM, quien de acuerdo con sobrevivientes, era parte del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI).
Recordemos que el ERPI se fundó como una guerrilla con ideales humanistas, de corte cabañista y socialista, se opusieron a la desigualdad, la corrupción, abusos de autoridad y una lucha por el reconocimiento y liberación de los pueblos indígenas. Ricardo, impulsado por sus deseos de justicia, era nuevo dentro de las filas y realizaba trabajos de alfabetización de campesinos y campesinas indígenas.
El estudiante conciente busca mirar al mundo con otra perspectiva, una más humana, una que propone liberarse del pensamiento individualista. Un ejemplo claro son los que militaron en la extinta Federación Estudiantil Universitaria Guerrerense (FEUG), quienes realizaron diversas hazañas en su fundación en 1960, liderados por Jesús Araujo Hernández lograron su autonomía, que al día de hoy lamentablemente conservan a medias en la universidad.
La FEUG se destacó por defender el derecho a la educación de hijos de obreros y campesinos, logrando obtener becas, cuartos para estudiantes, comedor universitario, logrando bajar el número de deserción escolar, debido al gran porcentaje de pobreza en el estado.
Es importante recalcar que las normales rurales tratan de conservar ese sello que por generaciones los ha caracterizado, luchando contra todo tipo de autoritarismo, siempre cercanos al campesino. Ayotzinapa aún trata de mantener al estudiante conciente que ante todo pronóstico se mantiene en pie de lucha, apoyando luchas de campesinos e indígenas, siguiendo los pasos de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, quienes alguna vez fueron estudiantes de este tipo.
Las universidades públicas se llenan de colectivos con ideales de izquierdistas. Mujeres feministas que buscan un cambio a través de la colectividad, movimientos LGBTTIQ+ que reconocen que sus derechos y libertades dependen del Estado, indígenas y afromexicanos que buscan ser reconocidos y denunciar el racismo que se vive día a día.
Las luchas de los pueblos originarios siempre se han visto acompañados de estudiantes con conciencia de clase y estos nunca se han despegado de los campesinos, indígenas y afrodescendientes, pues son el motor de la ciencia. El desarrollo científico y tecnológico debería enfocarse en mejorar las condiciones de vida de todos los pueblos, si no es así entonces sólo le pertenece a unos cuantos. Esa es la directriz del estudiante conciente, hijo de obreros y campesinos.
Sin embargo, las revoluciones no se hacen desde las universidades o detrás de un escritorio, las revoluciones y los verdaderos cambios se realizan en la acción, caminando con indígenas y campesinos, eso es algo que le quedaba muy claro al inmortal Ricardo Zavala y a aquellos que fueron asesinados el 2 de octubre de 1968, quienes sabían que debían salir de sus aulas para lograr el cambio.
Texto: Josué Valente Rosales
